Se agacha el sol en la explanada de la torre Hasán de
Rabat, con la impresionante figura del mausoleo de Mohamed V al fondo.
Observan la escena como testigos ciegos y mudos los restos de decenas
de columnas de una mezquita que nunca llegó a acabarse. Es entonces, la
hora previa al crepúsculo, cuando más jóvenes aprovechan ese espacio y
sus jardines aledaños para encontrarse, charlar, pasear y para lo que
tradicionalmente se ha llamado «pelar la pava». Algunas parejas se dan
la mano, otras conversan en los bancos protegidos por la vegetación,
comparten auriculares del MP3 o se asoman entre tímidos arrumacos a la
desembocadura del río Bou Regreg. Pero no son ellos los que obligan a
mantenerse en alerta permanente a los guardianes de la moral que
revolotean atentos escudriñando cuanto ocurre.
Silbato en boca, estos cuidadores del lugar se dirigen
raudos hacia quienes se apretujan más de lo permitido por las buenas
maneras imperantes o adoptan posturas cercanas a placeres excesivamente
terrenales. Cumpliendo su trabajo con celo impar, a los vigilantes se
les puede ver incluso escalar las tapias para descubrir al otro lado a
los más osados aventureros del amor en pleno escarceo.
Como ocurría con asiduidad en la España de Franco, los
marroquíes necesitan certificar su matrimonio si quieren acceder a una
habitación de hotel. Y tener un coche con el que perderse fuera de la
ciudad es un lujo sólo accesible a los jóvenes de las clases más altas,
aunque en Casablanca llegó a hacerse famoso el llamado hotel Moulana,
un aparcamiento al aire libre frente al mar donde bastaba con abonar 3
dirhams (algo menos de 30 céntimos) para poder dar rienda suelta al
deseo.
En cuanto al sexo en casa, el estudio realizado a
mediados los años 90 por el profesor Abdessamad Dialmy es elocuente
para conocer algunas de las dificultades que deben afrontar los
marroquíes. El 73,1 por ciento comparte habitación con el resto de
integrantes de la familia; y el 58,4 por ciento está en contra de las
relaciones preconyugales frente al 33,2. Este profesor de Fez, que
publicó en 1996 «Sexualidad e Islam» tras interrogar a 667 personas,
arroja datos como que el 57,5 por ciento no quieren más que la postura
del misionero para hacer el amor frente al 27,6 por ciento que se
muestran favorables a cambiar de posición.
Muchos jóvenes acuden hoy a sus citas tras encontrarse
en unforo de internet o después de haber contactado a través de sus
móviles. El Gobierno de Marruecos no es de los más estrictos del mundo
árabe en el control de las páginas web y los usuarios de los cibercafés
cada vez se esconden menos a la hora de ligar por el «messenger» o
acceder a páginas con contenidos pornográficos.
Los medios de comunicación juegan también un importante
papel a la hora de romper el tabú que sigue suponiendo el sexo en las
sociedades musulmanas y árabes. Asuntos como la pareja, la
homosexualidad, la frecuencia de las relaciones, las prácticas
preferidas, la primera vez, los métodos anticonceptivos o el
travestismo han saltado en los últimos meses a las primeras páginas de
algunas importantes publicaciones.
Pero si hay algo que impregna el debate del sexo, mucho
más que la edad o la condición social, es la religión. Las cosas son,
sin embargo, muy distintas a como las pintan las apariencias o a como
las pintaban hasta hace pocos años. Muy a pesar del Islam, las
relaciones sexuales antes del matrimonio cada vez son más habituales y
la juventud antepone a menudo sus deseos a lo que dicta el Corán.
Una puerta al vicio
Algunos directores de cine que han intentado abordar con
libertad en sus películas parcelas de la vida sexual se han visto
enfrentados a los sectores más conservadores y apegados al cumplimiento
estricto de las leyes religiosas. Los aplausos para filmes como «Une
minute de soleil en moins» de Nabil Ayouch o «Marock» de Leila
Marrakchi hacen frente a las críticas de los islamistas, que desde hace
años acusan a los festivales que se celebran en el reino de ser una
puerta abierta al vicio y la perversión. Los miembros de «Justicia y
Caridad» llegaron a desplegar en el verano de 2002 una campaña para
limpiar las playas de pecadoras que mostraban más carne al sol de la
debida.
Loubna R., de 26 años, es una joven marroquí que se
considera musulmana, pero que prefiere no plegarse a lo que dice el
Islam y su tradición en materia sexual. «Si intentara respetar el Corán
letra a letra sería imposible disfrutar de mi sexualidad». Educada
lejos de los ambientes más estrictos que dominan a menudo la sociedad
marroquí, Loubna fue a una escuela francesa en Rabat donde «chicos y
chicas mantenían relaciones sexuales desde muy pronto, sobre los 14
años».
Aunque hay «un evidente cambio de mentalidad» que le
permite hablar de cuestiones sexuales en casa, la ley sigue los pasos
que marca la religión, según Loubna. «Como mujer marroquí soltera no
puedo tener vida sexual activa, y si se demuestra lo contrario podrían
arrestarme». Reconoce sin embargo que estos vericuetos legales sólo se
emplean para «casos complicados de adulterio».
Claro que incluso en los ambientes más instruidos, el
machismo es la tónica imperante, como recalca esta joven. «Hasta los
hombres más educados, a los que les gusta acostarse con chicas antes de
casarse, reconocen abiertamente que a la hora del matrimonio sólo
querrán a una virgen».
«Las pocas jóvenes que reconocen haber tenido relaciones
sexuales deben de estar muy solicitadas», según una encuesta publicada
en el diario independiente «L'Economiste», porque el 67 por ciento de
los chicos reconocieron haberlas tenido frente al 66 por ciento de las
chicas que dijeron que no. Aunque más sorprendente es que el 8 por
ciento crea que el cáncer es una enfermedad de transmisión sexual.
El semanario «Nishán» se refirió hace unas semanas a un
informe elaborado por la multinacional Pfizer que concluye que, aunque
los marroquíes hacen el amor una media de siete veces al mes, no están
satisfechos con su vida sexual. El periodista se pregunta si este
resultado no será una estrategia para vender más viagra, su producto
estrella. La publicación destaca además el hecho de que la presentación
del informe coincidiera con la celebración en Marraquech de un congreso
sobre sexología que apenas tuvo repercusión en los medios de
comunicación del país magrebí y que la agencia oficial Map sólo
difundió a sus abonados en francés y no en árabe.
Houda Lemjir, presidenta de la Asociación
Hispano-marroquí de mujeres, describe con fina precisión su forma de
ver los valores que rigen la sociedad marroquí en el portal
marruecosdigital.net. Todo gira en torno a dos mundos. Por un lado, el
«hram», algo así como el señor Islam, que representa lo prohibido
expresamente. Y por otro lado, el «hachouma», la señora Tradición, algo
casi intraducible, una norma tácita e invisible pero muy presente que
marca la vida de los marroquíes. El «hachouma» es «una barrera al
desarrollo». A las niñas se las educa desde pequeñas con expresiones
como «cierra las piernas» y eso acaba con «mujeres brillantes,
intelectuales que se sienten muy mal con su cuerpo y tienen vergüenza
de lo que puedan sentir», añade.
Aspectos higiénicos
La existencia del tabú en forma de losa social no impide
al Ministerio de Asuntos Religiosos ordenar a los predicadores de las
mezquitas que conciencien a los fieles sobre los peligros del sida. «Es
necesario, sobre todo para los jóvenes que son los más expuestos»,
declaró un imán del populoso barrio Yacub el Mansur de Rabat. Según el
profesor Dialmy, los aspectos higiénicos y médicos acaban siendo una
válvula de escape para sacar a la luz el sexo. Así se anunciaron por
primera vez en la radio los condones Protex, cuya publicidad no debía
contravenir su uso legítimo sólo dentro del matrimonio.
Estos amagos de traer el debate a la esfera pública
chocan sin embargo con un muro aún más infranqueable cuando el asunto a
abordar es la homosexualidad, rechazada por el 90 por ciento de los
encuestados por Abdessamad Dialmy. Los que han abordado la cuestión no
dudan en señalar que la sociedad marroquí es homófoba. En internet se
han abierto algunas ventanas, pero aún son frecuentes las
descalificaciones de todo tipo hacia gays y lesbianas, considerados por
muchos de los que dejan sus opiniones como enfermos, desviados de la
naturaleza y pecadores, según ha podido comprobar este corresponsal.
«Tengo 25 años y mi vida sexual comenzó a partir del año
2000. Creo que hay cierto aperturismo, seguramente debido a internet y
a la televisión por satélite, que banalizan el asunto en los países más
desarrollados y no regidos por ninguna ley religiosa», explica a ABC
Choumich L., homosexual de 25 años.
Ser homosexual es un delito tipificado por el artículo
489 del código penal con hasta tres años de cárcel. El 490 castiga las
relaciones fuera del matrimonio y el 491 el adulterio. «A la hoguera
con los homosexuales», llegó a decir un miembro del consejo de ulemas
de Rabat-Salé citado por el semanario en francés «Tel Quel». En el
reportaje sin embargo algunos declararon que dos hombres o dos mujeres
pueden mantener en Marruecos una relación, viajar o entrar en
habitaciones de hoteles más libremente que una pareja heterosexual. El
motivo no es otro que la imposibilidad material de acusar por sistema a
todas las parejas del mismo sexo de homosexuales. La mayoría, no
obstante, reconocen que han de esconderse y mantener su tendencia
sexual a buen recaudo.
Choumich explica que su madre fue la primera en saberlo
y que sólo «algunos miembros de su familia y sus verdaderos amigos lo
saben» porque «no me gusta mentir a las personas que amo». «Es
divertido ver la cara de tristeza que se le queda a algunas chicas
cuando se lo cuento», añade.
Pero no todos los testimonios son así de risueños y
optimistas. Nedjma (Estrella en árabe) es el seudónimo tras el que se
esconde la autora de «La almendra», las desgarradoras memorias eróticas
de una marroquí publicadas hace un par de años. Su relato, mucho más
leído fuera de su país que dentro de él, salpica constantemente de
sustancias venéreas el mundo que le tocó vivir a esta mujer que emigró
desde el interior del país a la fronteriza Tánger.
El libro es un grito de rabia, odio y dolor escrito sin
concesiones a las buenas maneras al uso y con un lenguaje agrio, casi
destructivo. Badra, la protagonista, rompe con el silencio al que están
obligadas muchas mujeres y narra con amplísimos detalles lo que nadie
hasta ahora había osado. «¿Qué es un bonito y noble pecado?», le
pregunta un día a su tía Selma, que la acogió en la ciudad norteña.
«Amar, hija mía. Amar, eso es todo. Pero eso es un pecado que merece el
paraíso como recompensa». Y Brada, no siempre con suerte, buscó el
paraíso sin parar.
POR LUIS DE VEGA
POR LUIS DE VEGA

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