Europa también nos divide, por Fernando Jáuregui
Puede que lo más notable en materia de política interna, en esta semana
que se nos viene encima, vaya a ser otra bronca parlamentaria sobre
Europa. Son varios los países de la UE en los que se anida la polémica
acerca de cuánto europeísmo es aceptable para mantener íntegra la
soberanía, o acerca de la conveniencia o no de hacer frente, con
ingentes sumas de dinero, a la inmigración ilegal. Por no hablar,
claro, de la ampliación de la UE, oficialmente frenada en la última
cumbre del Consejo Europeo en Bruselas, o, sobre todo, de qué hacer con
la Constitución Europea, aprobado por unos Estados si, por otros no y
que permanece o permanecía hasta este viernes en el limbo de lo
olvidado. Y en eso llegó Zapatero y mandó acelerar. Y, claro, con él
llegó la tempestad.
Si usted escucha o lee unas versiones,
sacará la conclusión de que el presidente español hizo el ridículo en
la última cumbre europea. O que, al menos, fue ninguneado, sobre todo
en sus propuestas sobre la pacificación de Oriente Próximo, compartidas
con Chirac, o sobre inmigración, aunque lo cierto es que parece que la
UE acabará dotando fondos para combatir la entrada de inmigrantes
clandestinos. Si escucha o lee usted otras versiones, podría llegar a
pensar que Zapatero fue el héroe de la cumbre, que forzó una
conferencia extraordinaria, en Madrid y en enero, para revitalizar la
Constitución Europea y, de paso, sacar adelante la iniciativa de paz
más amenazada que nunca entre Israel y los palestinos. Y que ha sido
él, desde luego, quien ha logrado ablandar la postura indiferente y
absentista de la UE en materia de inmigración, sin duda el mayor
problema a medio y largo plazo con que se enfrenta Europa.
Quienes
hemos tenido ocasión de seguir profesionalmente en tiempos no demasiado
lejanos los avatares europeos somos, me temo, razonablemente escépticos
ante unos maximalismos u otros. Europa es un paquidermo que avanza dos
pasos hacia delante uno hacia atrás, al tiempo que derrota hacia la
derecha o hacia la izquierda. Y es que ambas cosas son verdad: Zapatero
sigue sin pesar en el concierto de sus colegas de la UE, pero suscita
simpatías, y hasta puede que un punto de admiración, en Europa. Sus
inactivas bienintencionadas caen bien, aunque no revolucionan las
estructuras. Y cuando, en un viaje oficial a Estambul, dijo que
apoyaría las pretensiones turcas de ingresar en la UE, todos sabían que
en realidad iba a votar imponer un parón a la candidatura de Turquía,
cosa que ocurrió este viernes en Bruselas.
Este marco de calor y
frío, ducha escocesa al fin, es el que acogerá a Zapatero cuando, esta
semana, acuda al Congreso a explicar, como es preceptivo y habitual,
los resultados de la cumbre europea, que, según dice el presidente
español, es la que le ha dejado más satisfecho de todas aquellas a las
que ha asistido. Tenemos derecho, pues, a esperar una declaración
triunfalista por parte del presidente, y no resulta arriesgado
aventurar que desde la oposición llegará exactamente lo contrario: una
declaración plagada de acusaciones al Gobierno socialista por lo mal
que lo está haciendo en Europa.
Y eso es, lo digo conectando
con el comienzo de esta crónica, lo que no resulta tan habitual en los
países más sabios de Europa, aunque hayamos visto casi de todo: los
partidos, a la hora de hablar de Europa, van más bien juntos que
separados, más bien unificadas sus estrategias que pegándose pisotones
los unos a los otros. Y, cuando la UE vive un momento especialmente
delicado, muchos entendemos que lo idóneo sería afrontar el futuro con
la mayor unidad interna posible, para evitar ofrecer una imagen de
debilidad. Veremos, en fin, cómo transcurre la sesión plenaria de este
semana.
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